Un señor mayor

advaitanodualidad.blog                por Maga Luna

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Un señor mayor

Las palomas tienen cada vez menos sitio para bajar a comer, piensa Jacobo, mientras esparce unas migas de pan a su alrededor. Lo hace disimuladamente porque la policía ya le ha llamado la atención.

-Perdone, señor, no se le puede echar de comer a las palomas

-Y entonces, ¿cómo van a vivir en este mundo de asfalto?

-Son órdenes del ayuntamiento.

Jacobo es de mediana estatura pero fuerte. La barba canosa y bien cuidada, la piel tostada por el sol, algunas arrugas en el borde de los ojos cuando los entrecierra para ver mejor de lejos, pero su frente es clara y amplia, coronada por un flequillo gris cortado a lo militar.

Desde hace muchos años, cuando se jubiló, sale a caminar entre dos y tres horas, de ahí que lleve puestas las zapatillas de deporte y un pantalón de algodón bastante amplio, sino, se le vería con chaqueta y zapatos de cuero bien pulidos.

palomas

Paulina, su mujer, arregla en ese tiempo la casa, él siempre ha sido muy patoso para esas cosas pero luego, para equilibrar, hace de comer mientras toman juntos un vinito y charlan de sus cosas. Porque Jacobo considera que si un matrimonio no habla entre ellos ¿para qué estar juntos? El escucha lo que Paulina cuenta de sus clases de manualidades y ella lo que Jacobo ha visto en su paseo y los encuentros que tiene con conocidos, porque mira que conoce a gente. Su trabajo de vendedor durante 50 años dieron para crear muchas amistades, unas mejores que otras, puntualiza siempre y conocidos ¡ni te cuento¡

Jacobo está tratando de compensar a su mujer el tiempo que no han podido estar juntos por su trabajo, por eso ahora, excepto en estos dos intervalos de tiempo, siempre busca su compañía.  Muchas tardes se les ve, en este mismo lugar, con algunos de sus nietos, los dos más pequeños y que según los rumores de los vecinos son de la hija menor, aquella que se fue al extranjero, vino con los dos niños y ahora está divorciada. Ha sido el único tema en que el matrimonio no se puso de acuerdo. La madre veía una locura el proyecto de su hija, irse tan lejos sólo porque se había enamorado ¡y de un extranjero¡ y el padre estuvo de acuerdo en que la hija abriera sus horizontes de ciudad provinciana e inmovilista y si el amor la acompañaba, mejor que mejor. Pero a la hora de volver los dos estuvieron ahí con ella, sin rencores, sin mirar hacia atrás, como decía Jacobo, la carretera que se anda ya se anduvo, lo que hay que hacer es estar pendiente de la siguiente curva.

En que es un hombre decidido se le nota en cómo anda y cómo saluda a la gente, en el brillo acerado de sus ojos, que han visto mucho en muchas partes. Por eso Jacobo ve las cosas de otra forma que Paulina, aunque se quieran y se respeten, aunque no estén de acuerdo en minucias, aunque no viera bien que ella dejara su carrera para cuidar a los hijos o se hayan perdido muchos viajes porque a Paulina le parecía que dos semanas fuera de casa supondría un trastorno para su pequeño feudo. Ahora ya no habría ninguna excusa pero no pueden hacerlo: la mujer está bastante limitada con su artrosis y él, a pesar de estar siempre haciendo ejercicio, lo acaban de operar de un cáncer de próstata.

Pero a Jacobo no le importa ya las diferencias porque mira a Paulina, la ve sonriente limpiándole los moscos al nieto, la vuelve a mirar una y otra vez, mira sus manos prendida en una labor, mientras limpia el polvo o se pinta los labios…. y piensa la suerte que ha tenido de haber pasado su vida con ella. Y bueno será lo que quede mientras Paulina, su Paulina esté con él.


 

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¿Sabes que es un esqueje?, pon esquejes en tu vida

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¿Sabes que es un esqueje?, pon esquejes en tu vida

advaitanodualidad.blog         Autora: Hortensia López Almán

¿Sabes que es un esqueje?

Vivimos en una sociedad complicada, inventamos problemas donde no los hay, utilizamos palabras esdrújulas cuando lo sencillo es decir: Sí o No.

En esta ocasión presentamos un cuento “infantil”, infantil porque le pidieron que lo escribiera a unos niños, pero tiene tras su candidez una preciosa enseñanza de: amistad, diligencia y verdad.

Llos adultos deberíamos pararnos un poco más en buscar ese niño que fuimos y todavía llevamos dentro…

FLORES QUE COMPARTIR

Suena la campana que recuerda a los niños la hora del recreo, el momento de la expansión tan deseada. Se ven niños correr por doquier, atropellándose unos a otros por conseguir llegar los primeros al patio, al lugar de la arena tan deseado por unos o a la zona donde detrás de un balón sueñan con ser como sus jugadores de fútbol preferidos.

Risas, gritos, carreras, caídas… Todo observado por profesores y educadores con la calma habitual, intercambiando comentarios sobre unos y otros, con la satisfacción que da el trabajo bien hecho.

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Entre los últimos en llegar al patio vemos a Javier y Luis. Vienen conversando animadamente y no parecen mostrar prisa por ponerse en las filas de los grandes futbolistas, como hacen cada día.

Javier.- ¿Entonces vienes esta tarde a mi casa?

Luis.- Sí, ayer se lo dije a mis padres y me dijeron que podía ir. Quedamos en la parada de autobús, como siempre, ¿vale?

Javier.- Sí, allí estaré esperando.

Siguieron la marcha hacia la zona más soleada, mientras Luis soñaba ya con la deliciosa merienda que le tendría preparada la madre de Javier, no faltaba ningún detalle: unos buenos tazones de leche humeante, rodeados de algunos dulces y panecillos, las servilletas de colores le daban un toque alegre, pero lo más placentero era la sonrisa colmada de cariño de Carmen, la madre de Javier.

Llegó la tarde y los dos amigos se encuentran en la parada de autobús, se abrazan efusivamente y comienzan a caminar mientras hablan de cosas entretenidas. Cuando doblan la esquina y llegan a la calle de Javier, Luis observa admirado como todos los balcones están repletos de unas florecillas rojas, pintorescas, encantadoras en su pequeñez, flores que sólo había en el balcón de Javier la última vez que estuvo en su casa. Maravillado dice en alta voz:

Luis.- ¡Qué bonito! ¿Cómo ha sucedido?

Javier.- Mi madre ha dado esquejes de sus flores a todos los vecinos.

Luis.- ¿Qué son esquejes?

Javier.- Mejor te lo explicará mi madre.

Carmen abre la puerta de su casa al oír el alborozo de los dos niños que apuestan por llegar el primero.

Luis.- Buenas tardes, señora Carmen.

Carmen.- Buenas tardes. ¿Qué tal están tus padres?

Luis.- Muy bien, gracias.

Carmen.- ¿Y tu hermana?

Luis.- Muy bien.

Carmen.- Vamos, pasad a la habitación. Allí podréis jugar tranquilamente.

Los niños comienzan sus juegos. Ríen alegres durante un buen rato, poco a poco el júbilo de sus voces se va transformando en una tonalidad serena y calmada. Hablan animadamente de los sucesos de la escuela a la que van.

 Luis.- Esta mañana Pablo no ha querido prestar sus lápices de colores a Andrea. La “seño” ha hecho todo lo posible porque lo hiciera, pero no lo ha conseguido.

Javier.- ya me he dado cuenta, pero enseguida Mónica le ha dejado los suyos.

Alguien golpea en la puerta de la habitación de Javier y la abre suavemente. Es Carmen:

Carmen.- Chicos, la merienda está preparada. Aquí tenéis, dice, mientras deja la bandeja sobre la mesa. Ha colmado la imaginación de ambos, pues esta vez el color de los dulces sobrepasa en brillo a los de veces anteriores, las servilletas presentan dibujos divertidos y el olor de la leche impregna toda la habitación.

Luis.- Gracias, señora. ¡Qué bien huele!

Javier.- Mamá, Luis quiere saber qué es un esqueje. Ha visto toda la calle llena de tus flores y quiere saber cómo lo has hecho.

Carmen.- Un esqueje es un tallo que se arranca a una planta y se pone en tierra y así se multiplica. Al compartir las cosas no se pierden, al contrario, se multiplican.

Luis muestra asombro ante la explicación de Carmen, y queda en silencio como demandando más.

Carmen.- A veces, cuando alguien nos pide algo que necesita tenemos la impresión de que lo perderemos. Dudamos, y si decidimos dar lo que nos piden quedamos con una sensación de que no lo tendremos más. Y no es así.

Cuando me acercaba a la habitación os oí comentar cómo un niño de vuestra clase no quiso prestar sus lápices de colores a quien se los pedía. Queriendo ganar perdió, porque sus preciosos colores se quedaron en su papel. Mientras que quien los prestó pudo gozar de sus colores en muchos papeles. Al igual que las flores, si no doy los esquejes, sólo estarían en mi balcón, pero al compartir ahora esas flores alegran toda la calle.

Javier y Luis aprendieron una gran lección y después de dar las gracias se lanzaron a su fabulosa merienda. La leche aún humeaba, los dulces conservaban su brillo y la cariñosa sonrisa de Carmen les llenaba de confort.


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