advaitanodualidad.blog                             Autora: Mirta Mirra

3 Relatos y un estudio de simbología de tarot. ¿Qué se esconde en las Rimas y Leyendas de Bécquer? (III)

Con esta tercera entrega cerramos la trilogía de tres artículos sobre el mundo simbólico de Gustavo Adolfo Bécquer

 

 

Procedente de Soria, la escribió una noche de Difuntos al escuchar el triste tañido de una campana y porque el ruido del viento azotando las ventanas no le dejaba dormir ¡

Seguro que si la leéis por la noche, como poco sentiréis escalofrios …

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Seguimos con otra Historia de Miedo … ”El Monte de las Ánimas”

Alonso y Beatriz eran dos jóvenes primos que un día salieron a cazar por los campos de Soria. Cabalgando llegaron a un Monasterio en ruinas, junto al río Duero que, en otro tiempo, perteneció a la Orden del Temple. Cuando pisaron aquel solitario lugar, Alonso se puso muy nervioso y le dijo a su prima que debían volver antes de que anocheciera.

Beatriz le preguntó -¿por qué?- , y él le contó que en aquel lugar, hace mucho tiempo se produjo una terrible batalla entre unos nobles Castellanos y los Caballeros Templarios, el motivo era que unos querían cazar lobos y los otros no les dejaban…

La batalla fue espantosa y los lobos, a quienes querían matar, terminaron dándose un sangriento festín. Desde entonces, en la noche de Difuntos, se escuchan doblar las campanas de la Capilla y las ánimas de los caídos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren repitiendo la misma cacería fantástica entre las breñas y los zarzales. Los lobos aúllan, los ciervos braman y las serpientes emiten horrorosos silbidos.

Cuentan que incluso, al día siguiente, aún pueden verse en la nieve las huellas de los descarnados esqueletos, por eso lo llaman “El Monte de las Ánimas”, y nadie quiere ir allí ese día. De ahí que quisiera salir de allí antes de que cayera la noche…

Pero su prima creyó que lo decía para asustarla, aunque él le asegurara que, quienes lo habían visto, apenas vivían para contarlo …

Con disgusto por parte de Beatriz, tomaron el camino de regreso, alejándose velozmente de aquel lugar encantado…

Ya en el Palacio, junto a la chimenea gótica, Alonso intentaba olvidar el episodio, especialmente esa noche de Difuntos, y trataba de distraerse charlando con su prima, que le interesaba un poquito …

Como regalo de despedida le ofreció una joya que sujetaba la pluma de su gorra, que un día, le llamara a ella, la atención. Así lo recordaría cuando estuviera lejos.

Beatriz no quería aceptarla, porque no quería comprometerse, no obstante, ante su insistencia, tuvo que cogerla. A cambio Alonso le pidió a Beatriz que le diera también algo, ¿porqué no? -pensó ella-, y buscó sobre su hombro una banda azul que llevó a la cacería y que él le comentó que era el color de la divisa de su alma; pensó en regalársela pero la había perdido, justo, en el Monte de las Ánimas.

Alonso palideció dejándose caer abrumado sobre su asiento; porque si la quería, tendría que ir a buscarla ¡ ¡ ¡ Él era valiente y no temía enfrentarse con las más terribles fieras o el más bravo de los caballeros vivos, pero de los muertos no quería ni oír hablar …

Al ver su indecisión, Beatriz quiso provocarle diciéndole con ironía que comprendían que no quisiera ir… era una locura volver al temido monte, una noche tan lúgubre y oscura, con el camino lleno de lobos, por una fruslería …

Por su sentido del Honor, no podía consentir aquella humillación y salió corriendo, casi sin despedirse, tan rápidamente que cuando Beatriz quiso, o aparentó, querer detenerle ya había desaparecido. Pocos minutos después, oyó relinchar un caballo que se alejaba al galope… Ella quedó satisfecha, con una radiante expresión de dominio sobre la voluntad masculina, mientras, escuchaba aquel rumor que se debilitaba y se perdía …

Entretanto, las viejas criadas continuaban con sus cuentos de ánimas aparecidas, mientras las campanas seguían doblando a muerto…

Pasaron las horas y Alonso no volvía… Beatriz empezó a inquietarse y, aunque se fue a dormir, al poco de coger el sueño, se despertó sobresaltada; creía oír voces, aullidos, pasos e, incluso, su nombre pronunciado en la lejanía … no sabía si estaba soñando o despierta, pero alterada, se pasaba la mano por la frente y todo era oscuridad y sombras impenetrables…

Volviéndose a recostar sobre su hermosa cabellera pensaba si ella iba a ser tan miedosa como las pobres gentes de la comarca. Cerraba los ojos e intentaba dormir, pero en vano¡ Pronto volvía a incorporarse, más pálida, inquieta, y aterrada. Ahora sabía que no era fruto de su imaginación; las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado la alfombra, el rumor imperceptible y sordo, pero continuado, el crujir de algo como de hueso o madera, que se acercaba y se acercaba, hasta mover el reclinatorio que estaba a la orilla de la cama. . . Beatriz lanzo un agudo grito y se rebujó entre las ropas de su cama, escondiendo la cabeza y conteniendo el aliento…

Seguían pasando las horas y Alonso no volvía, una noche que le pareció eterna y, cuando despuntó la aurora, se volvió a despertar y se levantó algo más tranquila hasta que vio, a los pies de la cama sobre el reclinatorio, la banda azul que había perdido en el monte y que Alonso había ido a buscar … Un sudor frío recorrió su cuerpo porque la banda estaba rota y ensangrentada, pero ¿quién la había puesto allí? …. Entonces los sirvientes entraron corriendo, gritando y lamentándose; ninguno se atrevía a decirle a Beatriz la terrible noticia, que habían encontrado a Alonso, devorado por los lobos, en el Monte de las Ánimas ¡

Cuando se lo dijeron Beatriz estaba tendida, inmóvil, crispada y asida con las manos a una de las columnas de ébano de su lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros y muerta … muerta de horror ¡ ¡ ¡

Dicen que después de este suceso, un cazador extraviado que pasó por el Monte de las Ánimas la noche de Difuntos, contó al otro día antes de morir, que vio a los esqueletos de los viejos Templarios y de los nobles Sorianos enterrados en el atrio de la capilla, levantarse a la hora de la oración con un estrépito horrible y a caballeros sobre las  osamentas de sus corceles, perseguir a una mujer pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y ensangrentados, lanzando gritos de terror, daba vueltas y vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

 

Fragmento de la Rima LXXI

“… En este punto resonó en mi oído

un rumor semejante al que en el templo

vaga, confuso, al terminar los fieles

con un amén sus rezos.

Y oí como una voz delgada y triste

que por mi nombre me llamó a lo lejos,

y sentí olor de cirios apagados,

de humedad y de incienso.

Entró la noche, y del olvido en brazos

caí, cual piedra, en su profundo seno;

dormí, y al despertar exclamé:

–          Alguno que yo quería ha muerto –


La última leyenda que he escogido es atribuida al autor; se cree que la escribió siendo muy joven, imaginativo y romántico, y disfrutaba saliendo a caballo para buscar sucesos e historias  extraordinarias.

En uno de sus viajes, cuando ya era corresponsal en “El Contemporáneo”, llegó a un pueblo de Lérida, llamado Bellver y se encontró en el camino una Cruz, por lo que bajó de su caballo y se dispuso a rezar. Pero su acompañante le detuvo inmediatamente gritando porque, al parecer, aquella era una Cruz  Diabólica ¿?. Bécquer se quedó paralizado y no entendió nada hasta que le explicaron, en una lóbrega posada, donde pararon a repostar, la siguiente Leyenda…

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La Cruz del Diablo

Hace mucho tiempo, cuando los pueblos dependían de los señores feudales; concretamente en esta comarca, cerca de Los Pirineos, vivía “El Señor del Segre”, un noble muy malvado, que pasaba su tiempo haciendo fechorías y maltratando a sus vecinos; hasta el punto de que estos se vieron obligados a pedir a auxilio al Rey para que les ayudara, pero al no ver atendidos sus ruego, ni obedeciendo a las órdenes del Soberano, los aldeanos decidieron tratar defenderse solos.

Aprovechando  que el Señor y sus amigos festejaban sus correrías, repartiéndose los botines y emborrachándose, los vecinos intentaron vengarse, esperaron a que cayese la noche y, cuando todos estaban bajo el sopor del vino, entraron en el Castillo, sorprendieron a los centinelas y mataron al Señor, cuya armadura quedó colgada en uno de los pilares del Salón de Banquetes.

Pasaron los años y el Castillo abandonado y casi en ruinas, fue ocupado por una Banda de fugitivos que lo usaban como guarida para esconderse de sus fechorías.

Pero lo más terrible era que, al frente de aquella banda, estaba un misterioso jinete con la vieja armadura del Señor del Segre… Pronto los aldeanos se dieron cuenta que no podían hacer frente a sus ataques, porque además su Jefe, vestido con la armadura, era casi invencible. Ni las flechas, ni las espadas conseguían herirle y tampoco le hacían sangre … Era capaz de atravesar el fuego, sin quemarse, ni detenerse ¡ ¡ ¡ Algunos creían que podía ser un noble arruinado que se tapaba la cara por vergüenza, pero los más estaban convencidos de que debía ser el mismo diablo …

Viendo que todo era imposible con aquel personaje funesto, los vecinos del pueblo recurrieron a un anciano ermitaño, con fama de santidad, para que les aconsejara que podían hacer. Este les contestó que para atrapar a aquel demonio tendrían que sorprenderlo de noche y rezarle la oración de San Bartolomé, que le sirvió al propio Santo para detenerse. Quedaron entre sorprendidos y extrañados, pero como confiaban en el ermitaño, decidieron que no tenían nada que temer siguiendo su consejo.

Así le esperaron como les había dicho, y cuando la “Armadura” apareció, todos empezaron a rezar la oración que el anciano les había recomendado. Al escucharla, pareció que el malvado se detenía y pudieron apresarlo, sin que opusiera resistencia.

Atado de pies y manos le llevaron a la Plaza del Pueblo y el gentío se arremolinó para verlo…

Efectivamente, comprobaron que la armadura era la del Señor del Segre pero, se preguntaban ¿Quién sería? … Finalmente lo condujeron ante el Tribunal, uno de sus componentes con voz lenta e insegura, le preguntó reiteradamente su nombre, pero el guerrero se limitó a encogerse de hombros con un aire de desprecio e insulto, que no pudo por menos que irritar a sus jueces, que se miraban entre sí, entre atónitos y aterrorizados ¡

Todos le gritaban que se descubriera, que se levantase la visera, pero él permanecía impasible … ni ordenándoselo en nombre de la Autoridad, ni en el del soberano se descubrió¡ ¡ ¡

La indignación llegó al colmo, hasta el punto de que uno de los guardias, lanzándose sobre el reo, le abrió violentamente la visera.

Un grito de terror general escapó del auditorio, seguido de un silencio sepulcral… cuando el casco cuya férrea visera se veía en parte levantado hasta la frente, en parte caído sobre la brillante pechera de acero, estaba vacío … completamente vacío ¡ ¡ ¡

Algunos más atrevidos se acercaron y arrancaron la armadura y, en ese momento, ésta se desarmó cayendo al suelo estrepitosamente … Dentro no había nadie ¡ ¡ ¡ Al verlo, la gente corrió despavorida.

Rápidamente corrió la voz por el pueblo de que el mismo diablo era quien ocupaba la armadura, tras la muerte del Señor del Segre, lo que sembró de pánico la población porque, aunque encerraron la armadura en el calabozo, temían que pudiera escaparse.

Preocupados los aldeanos volvieron a recurrir al ermitaño para pedir su consejo y, después de varios días de oraciones y meditación en el interior de su gruta , éste les dio la siguiente orden: debían fundir la armadura y convertirla en una Cruz para que el diablo quedase atrapado en ella. Así lo hicieron, levantaron una hoguera  y echaron en ella la armadura, el casco, la coraza, los guanteletes, …

“En tanto las piezas arrojadas a las llamas comenzaban a enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían escaparse de la ancha hoguera. La masa informe se retorcía,  enrollándose en anillos, como una culebra, o se contraía en zig-zag, como un relámpago … Con mucho trabajo, Fe, oración y agua bendita, consiguieron por fin ¡, vencer al espíritu infernal y convertir la armadura en una Cruz.

Después los aldeanos la llevaron a un recóndito recodo del sendero y la llamaron “La Cruz del Diablo”… Pero nadie debe arrodillarse ante ella, ni llevarle flores; sólo los lobos se reúnen allí aullando en las noches de Invierno y Luna Llena . . .

Rima   LXVI

¿De donde vengo? … El más horrible y áspero

de los senderos busca,

Las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura;

los despojos de un alma hecha jirones

en las zarzas agudas,

te dirán el camino que conduce a mi cuna.

¿A dónde voy? El más sombrío y triste

de los páramos cruza;

valle de eternas nieves y de etéreas

melancólicas brumas.

En donde esté una piedra (Cruz) solitaria

Sin inscripción alguna, donde habite el olvido,

Allí estará mi tumba.


 

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